Foto: Jorge Andres Castillo

En este post, el maestro Aquiles Báez habla sobre su nuevo proyecto discográfico, titulado “Aquiles Báez EnCantado”, su primer disco conformado sólo por canciones con su letra y música. Además, para permitir que los lectores de Prodavinci se hagan una idea de lo que propone, comparte las canciones “Mi pequeña” (en la voz de Rafael “Pollo” Brito y con Aquiles Baez en el cuatro y la guitarra, Roberto Koch en el bajo y Adolfo Herrera en la percusión) y “Vengo de esta tierra” (en la voz de César Gómez y con C4 Trío).

Foto: Jorge Andres Castillo

Foto: Jorge Andres Castillo

 

La palabra cantada. La palabra siempre ha sido un espacio vital dentro de mi mundo. Uno, sin duda alguna, es una consecuencia de cuanto ha sido y a un paso a lo que será. Uno es una respuesta de esas letras que marcan y que quedan, de esas letras que se revuelven creando las palabras. La poesía es para mí una de las formas creativas más trascendentes. Ha sido una tradición familiar, por lo que me siento parte de ese legado que me ha dejado mi familia y tengo el privilegio de crear con esa palabra que nos conjuga en versos y con esos versos que se transforman en canciones.

Desde pequeño, oí las anécdotas de los intelectuales vinculados con mi familia, historias como la del escritor Miguel Otero Silva, quien estuvo escondido en casa de mis tías abuelas y allí escribió parte de su novela Fiebre. O que mi bisabuelo se escribía con intelectuales como Ramón de Campoamor. Otro tío, hermano de mi abuela, Víctor Juan Lovera, tenia premios de poesía y siempre nos recitaba a mis hermanos y a mí algunos de sus poemas. Mi tía Mongoya me hablaba de grandes hombres y de filosofía. Mi abuelo Gustavo Reyes fue un poeta reconocido en su época, soñador y altruista, miembro de la Generación del 28 y encarcelado por oponerse al gobierno de Juan Vicente Gómez. Estuvo preso en el Castillo Libertador, en Puerto Cabello. Allí compartió la celda con uno de los más grandes poetas venezolanos: Andrés Eloy Blanco. De este poeta recuerdo con mucho cariño su poemario Giraluna, el cual me marcó por la profundidad y sencillez de sus palabras, y quizás porque mi mamá solía leernos ese poemario cuando éramos apenas unos niños. Ella nos leía también obras de otros poetas como Rubén Darío, Pérez Bonalde, Neruda, Aquiles Nazoa, Leoncio Martinez, entre otros. Así que desde muy temprana edad la poesía pasó a ser parte importante de mi espacio y de mi tiempo, al punto que, ya en una edad escolar, escribía mis primeros poemas. Como buenos hijos de intelectuales mis hermanos y yo nos paseamos por distintos talleres de poesía, clases de cuanta cosa culturosa estuviera al alcance, distintos instrumentos musicales. Creo que lo único que nos faltó fue hacer ballet.

Quizás, a diferencia de muchos otros niños, yo tuve una mamá muy bohemia que se la pasaba con miembros de la llamada “República del Este”, un grupo de intelectuales de izquierda en la época en que casi nadie era de izquierda en Venezuela. Ellos se reunían en la zona de Sabana Grande, en Caracas, a hablar de literatura, poesía, plástica, música, política y afines. Varios de estos bohemios solían ir a mi casa, así que recuerdo que ahí comieron, rumbearon y se bebieron todo. Poetas como Adriano González León, “El Chino” Valera Mora, Caupolicán Ovalles, Ludovico Silva, Salvador Garmendia, Jose Ignacio Cabrujas… a mí me parecía muy divertido ver a estos poetas recitar sus poemas o cuando lloraban cuando alguna frase los conmovía. Y creo que, quizás sin saberlo, aquellos locos panas de mi mamá me marcaron para pensar el mundo en una forma diferente y creer en la palabra como un ente seductor.

De niño también solía ir a los conciertos de distintos géneros, con cantantes como Lilia Vera, Cecilia Todd, Joan Manuel Serrat, Mercedes Sosa, Facundo Cabral y, sobre todo, de una gran amiga de mi mamá: Soledad Bravo, a quien además quiero como una tía y me marcó en lo que hoy en día soy como músico.

Quizás porque mi madre, aparte de bohemia, también era antropóloga, me empezaron a llamar la atención todas las expresiones folclóricas de Venezuela. De adolescente solía ir a los pueblos, a veces hasta solo, con un grabadorcito de cassette a grabar las manifestaciones autóctonas, a buscar maneras de entender la tradición, comprender que somos parte de ella y que la identidad es un punto de partida hacia la universalidad. Entender que no se puede ser lo que no se es y que sólo trasciende lo que es realmente auténtico. Entender que aquella tradición me pertenecía, que yo era parte de ella y que podía a partir de ahí crear mi propio lenguaje.

Hago toda esta introducción para contarles que empecé a hacer canciones muy joven. Entre los 13 y 14 años de edad tenía la necesidad de componer y empecé a hacer primero algunas cositas con el cuatro, de corte muy tradicional y folclórico, hasta que comencé a crear canciones que componía sólo para mí, casi en secreto y con mucha pena de mostrarlas. Así fue que empecé a tocar y a vivir de la música. Así entendí que la música me había atrapado y que ya era parte de ella. Entendí también que tenía varios espacios: compositor, guitarrista, cuatrista, arreglista y todos esos “-ista” que tiene la música. Entendí que había, sin duda, un espacio para mí muy natural: hacer música instrumental. Y por eso lo primero que hice, sin sentir vergüenza, fue música instrumental.

Alrededor de mis 18 anos comencé a tocar con artistas muy destacados y empecé a ser un músico recurrente en la escena musical caraqueña. Eran comunes las veladas donde los músicos compartían y mostraban sus creaciones. Recuerdo que un día estaba en una reunión en casa de la cantante Esperanza Márquez, de quien fui guitarrista durante mucho tiempo y a quien le debo mucho en mi carrera musical. Lo cierto es que estaban varios compositores enseñándoles sus creaciones a Esperanza y, de repente, mi amigo, el gran compositor Ignacio Izacaray, me preguntó si yo hacia canciones. Le contesté que sí y canté dos de mis primeras canciones: “La Mañana” y “Quizás” (soberanos barrancos que compuse totalmente despechado, aunque ahora no recuerdo ni siquiera por quién). Fue una sorpresa para mucha de la gente que estaba ahí presente que no sólo hiciera música, sino también letras. Estas dos composiciones me empezaron a abrir camino como hacedor de canciones y han sido una marca de mi trabajo. A petición de mi hermano Alvarito Paiva, decidí incluirlas también en este trabajo discográfico.

Siempre como músico acompañante de cantantes, la canción era parte de ese día a día y un estimulo para la creación. Así que me empecé a adentrar en esos espacios oyendo a Joan Manuel Serrat, Rubén Blades, Otilio Galíndez, Simón Díaz, Rafael Rincón González, Chico Buarque, Benny Moré, Chabuca Granda, Sting, Stevie Wonder, Cole Porter, Duke Ellington, Tom Jobim, Ivan Lins… Me hice fanático del movimiento brasilero, del tango, del jazz, del flamenco, de la salsa, de la musica venezolana, de la música con contenido en general y de tantos otros compositores que utilizan la palabra cantada. Tanto que se me hizo una ensalada de la música, un batido delicioso de diferentes sabores.

La canción pasó a ser parte fundamental de lo que era y de lo que soy. Pude entender que la música es un conjunto de diversidades con una variedad de formas, pude entender que lo importante o lo trascendental es lo que se dice, no importa si es una salsa, un jazz, o un joropo, pude entender que lo importante es el contenido.

Creo que la canción es como un acto de amor, no sólo por la música en sí misma sino también por la palabra y la conjunción de ideas que hacen que las canciones tengan una magia particular que llega directamente a la gente. Quizás también porque la canción está vinculada al instrumento musical más importante que tenemos: la voz.

Mi primer disco lo grabé en 1987. En ese trabajo hay algunas canciones cantadas por mi queridísima amiga Taumanova Álvarez, con quien después compartí en otro disco que ha quedado como un emblema de una generación de músicos venezolanos: La noche del morrocoy azul, donde Taumanova cantó otra pieza emblemática de mis creaciones: “La despedida”.

No volví a grabar discos míos hasta 1994 cuando hice el disco de Aquiles Báez y su Platabanda, donde la estética era más de fusión y con una corriente musical más progresiva de lo que había hecho hasta entonces. Para mí la Platabanda era pura energía. Ahí fue cuando empecé a cruzar más con la música afrovenezolana y de corte más experimental. Desde ese disco no había hecho otro con canciones cantadas originales. Creo que estaba más concentrado en tratar de decir lo mismo pero sin la palabra. A lo mejor estar haciendo muchas cosas a la vez fue la causa de una sequía de letras por un tiempo. Me enfoqué más en el hecho de la música por sí sola, en una suerte de energía venida del Feng Shui: estaba enfocado en hacer música con pocos elementos, un objetivo más minimalista, más pendiente de hacer carrera tanto como guitarrista solista como compositor de música instrumental.

En el año 2005, cuando hice el disco de La Canción de Venezuela con mi amigo Aquiles Machado, de alguna u otra forma me reencontré con la fuerza de la palabra cantada. Y poco a poco empecé a hacer nuevas canciones. Fue como enamorarme de nuevo de la misma mujer y entender que siempre había estado enamorado de ella, pero no me daba cuenta (como el común de los maridos). Me armé de valor. Fui, busqué y encontré la palabra con la que había hecho canciones. De esta forma, tenía ya unas cuantas canciones, por lo que empecé a pensar en un proyecto con estas composiciones. Pero me preguntaba quién podría cantar todas estas canciones tan diversas, porque además estoy muy lejos de considerarme un cantautor: mi voz deja mucho que desear.

En Canta uno, dos… En Cantados. Así fue como empecé este proyecto, a raíz de una conversación con Omar Jeanton, productor ejecutivo de Cacao Música. Hablamos del canto y del encanto de la música, de letras sencillamente fabulosas así como de cantantes que han marcado un antes y un después. Él me comento: “¿Qué tal si hacemos un disco con cantantes diferentes? ¿No crees que eso sería interesante?” Y entonces se me abrió un mundo, todo un espacio. Comencé a pensar en canciones y las canciones brotaron como flores,. Al punto que la mayoría de las composiciones de este disco fueron realizadas en el lapso de un año o año y medio. Me enrumbé en este proyecto con destino a lo desconocido y decidí buscar al cantante que más se acercara a lo que quería en cada una de las canciones que compuse. Y, para mi alegría y satisfacción, cada uno de los cantantes que participaron dieron lo mejor de sí mismos. Un proyecto de canciones donde el arreglo musical es parte de la composición misma y donde los músicos que participaron le pusieron todo un mundo en cariño y asumieron un gran respeto por la música. Un edificio necesita columnas, paredes y otras cosas. Sin el apoyo de cada uno de ellos no tendríamos lista la estructura. A todos ellos, mi más profundo agradecimiento que es ya eterno.

Quiero comentar, que, en principio íbamos a hacer sólo un álbum de diez canciones, pero fueron naciendo cual conejos otras canciones que no podía ignorar, así es que cerramos en veinte (quedándose todavía algunas como la guayabera: por fuera). Hicimos una selección de motivos y propuestas, porque este no es un proyecto de fórmulas, sino de música y, sin duda alguna, es un proyecto que busca crear un lenguaje original basado mayoritariamente en ritmos de esta tierra venezolana y de visiones personales.

Estos discos están hechos con un lenguaje basado en la necesidad ineludible de ser y decir lo que se siente. Son cantos de amor por esa madre tierra que nos reclama reciprocidad. Estamos sumergidos en un mundo globalizado donde la cultura del “copy-paste” es lo que manda, donde hay muy pocos espacios para los proyectos originales y es difícil, incluso, apostar a algo que no se parezca a nada conocido y que no se pueda encasillar o definir. Este disco o estos discos son una propuesta honesta, donde las canciones surgen de la inspiración que da la música, del deseo de hacer música de calidad y con contenido, queriendo que la expresión artística sea el objetivo y que la fuerza que da el amor por las cosas queridas sean el motivo. Este es un proyecto ambicioso por la parte de las canciones, de las instrumentaciones, de los arreglos y de la búsqueda personal. Son dos discos que representan varios mundos todos unidos por el hilo conductor de este amor por la música.

Llevamos el camino de nuestros pasos, arreamos el silencio de nuestras voluntades, padecemos la superficialidad del mundo moderno y, sin embargo, el límite lo pone uno mismo. Yo hago una invitación a la creación, a esa fuerza divina que es parte de este disco. Los convido a todos a que busquen dejar sus huellas, haciendo lo que creen y creyendo en lo que somos. Invoco a ese Dios que está en nosotros para que nos dé la fuerza para seguir creando y así seguir haciendo música. Espero seguir con mi búsqueda y encontrar más palabras para expresar todo lo que aún tengo por decir.

Éste es mi primer disco solamente cantado. Y espero que lo disfruten tanto como yo he disfrutado haciéndolo.

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